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Descrita por algunos como un género literario, vinculado por los marxistas a una ideología, la utopía no se deja encerrar en ninguna definición. Centro de elaboración del pensamiento político, parece trazar los contornos de un saber mientras niega lo esencial, que la política tiene que ver con la realidad. Dos modelos «magnetizan» la literatura utópica del xviiimi s. (si exceptuamos el de T. More), el deHistoria de Sévarambes (1677) de D. Veiras y, sobre todo, el Telémaco (1699) de Fénelon. Este último texto incluye dos utopías, la descripción de Salente y Bética, que sirven de referencia hasta xixmi s. La propuesta utópica da a leer, al mismo tiempo que la perfección del modelo, una crítica al sistema político, institucional, a veces social del Antiguo Régimen. Ella explica los grandes topoi de la filosofía de la Ilustración: sustitución del reino de la razón por el de la religión (Claude Gilbert, Historia de Calejava, 1700), ateísmo (Fontenelle, Historia de los Ajaoiens, 1768), tesis fisiocráticas (Grivel, la isla desconocida, 1783-1787), inversión de relaciones sociales (Marivaux, Isla de esclavos, 1725), incluso la igualdad de género (Rustaing de Saint-Jorry, Mujeres militares, 1735) propuesto de una manera menos radical que en Las aventuras de Jacques Sadeur (la conocida Tierra del Sur, 1676), donde Gabriel de Foigny describe una sociedad de hermafroditas. El reino de la utopía es la manifestación de la evidencia racional. Un mundo de perfecta transparencia y total legibilidad, es más educativo que político. Pero, inscribiendo como con Morelli (la Basiliade, 1753; el Código de la Naturaleza, 1755) el reino de la razón, la ley y la naturaleza en la alteridad absoluta, la utopía las inmoviliza en una fantasía anhistórica. Solo unos pocos textos permiten que el sistema se mueva, como el uchronie de Louis-Sébastien Mercier, el año dos mil cuatrocientos cuarenta (1771) y el Viajes y aventuras de Jacques Massé (1710) de Tyssot de Patot.

Una forma proteica

La utopía no siempre aparece como una obra autónoma, interviene en forma de discurso insertado en otro discurso (político, histórico, filosófico o romántico) con el que mantiene complejas relaciones. Eldorado, descrito en Sincero de Voltaire, sólo adquiere su significado en relación con el falso paraíso del primer capítulo y la robinsonnade de la conclusión. Recurrir a la utopía puede tener un valor ejemplar (trogloditas en Letras persas o la descripción de Valais en la Nueva Eloísa), o ser infligido por la novela un golpe mortal (la comunidad de Clarens en la Nueva Eloísa); en cualquier caso, y el ejemplo de Cleveland del P. Prévost es significativo, este recurso es siempre ambiguo. Entregado al juego de los paralelismos por la estrategia de la escritura, el modelo utópico es arruinado por el humor desenfadado de Sade en Aline y Valcour: Zamé, el legislador habitual y sabio, y el horrible déspota Ben Maacoro son prisioneros de su utopía, a la que Sade opone el alegre nomadismo de los bohemios Brigandos. Esto se debe a que Sade sabe ver una nueva tiranía en el reino de la razón y una fría ferocidad en las relaciones sociales más renovadas que alteradas: la huida de los héroes de el descubrimiento del sur (1781) De Restif de la Bretonne se convierte en un privilegio y los héroes de la libertad en tiranos.

Sueños y realidades

La fertilidad de la utopía de xviiimi s. está ligado a su propio irrumpir en la ideología política. Babeuf proclamó su deuda con el Código de la naturaleza y las imágenes -reaccionarias- de un comunismo primitivo iban a encontrar un camino en el avance teórico del socialismo utópico de xixmi s: de lo real (como la colonización del Paraguay por los jesuitas) al texto, la utopía pudo volver a lo real. Este es también el significado de los asombrosos bocetos de Boullée o Ledoux y Lequeu en los que vemos hoy un manifiesto fundacional de la modernidad arquitectónica y urbana. Desde la arquitectura de la prisión o el Familistère de Guise (fundado por Godin) hasta el modelo de hospital psiquiátrico, los buenos sentimientos son muy difíciles de ocultar el imperativo de la nueva era: «vigilar y castigar».

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